Domingo

El aire se vuelve espumoso y sucio y todo adquiere una velocidad de resaca que apesta. Las panzas se inflan luego de intentar satisfacer el vacío con comida reventona. El vacío: un hueco en el espacio y en el tiempo, una pausa que no acaba ni comienza, un lapso en el que no se debe hacer nada.

El apocalipsis de la semana se desplaza reptando lentamente por la selva de lo cotidiano. El tiempo se vuelve chicle masticado y sin gusto, que se desgrana por su vejez. No hay atajos ni picos de emoción. Todo es tibieza contenida. El día se baña de pimienta que no pica y el mundo se muestra color pastel, caqui, crudo, marrón lavado. No se puede lavar porque la ropa no llegará a secarse. No se puede hacer nada porque ya queda poco tiempo.

Todos envejecemos un poco cada domingo. Pareciera que una aguja del reloj se nos clava en el ser y rasguña avisando que pasa. Pasa y no pasa nada, pero pasa.

La gente se suicida los domingos. No es casualidad. Deberías seguir su ejemplo, domingo. Lo peor de tu existencia es la finitud. Si todos los días fueran así, la vida toda tendría otro olor. Pero tu pausa contrasta, y ese contraste es el que duele.

La verruga en la planta del pie es no saber qué hacer más que comer y dormir, porque los domingos nunca bastan las horas de frazada ni el calor del colchón (y la energía pocas veces alcanza el ranking del sexo). Y otro poroto menos: con carnes de nuestra carne que atender no se puede dormir demasiado. Si no, nos deprimiríamos tranquilos y a hacerle honor al día.

Pero no. No hay lugar para el honor al horror y la coalición con la familia se vuelve una prenda usada por compromiso. También hay que tomar gaseosa, postre y café para despabilarse. Más tarde, a la tarde, tarde ya, el mate se presenta como el salvador pero no hay vuelta que darle: los domingos siempre sale feo. Yerba quemada, agua fría, bombilla tapada.

Domingo, te huelo y te rechazo. Sos ladrido de perro y siestas de vecinos. Tu nombre es gordo y repulsivo. Nos recordás la familia en las más aburridas de sus formas y obligás a pensar en las responsabilidades que contracturan y pesan. Como tu panza, domingo. Pesan como tu panza de cerveza y guiso.

El sol podría ser una ventana para salir de tu cárcel pero termina mutando en asfixia y tedio. ¿Qué parques, qué ferias pueden calmar la melancolía que convocás? No hay salida que amortigüe el poder de la fiaca. El aburrimiento pega y no se puede combatir ni con planes anticipados. Ya sabemos lo que hacés con los planes. Te cagás de la risa y nada alcanza o todo sobra para vos. Esas salidas que se vuelven tan rápidas, tan poco, esas sobremesas interminables, esas excusas para alargar lo que va a terminar en la catástrofe del fin, en el precipicio del comienzo, ¿hay cosa peor que ver al sol huir en la tardecita del domingo? No sé bien adónde va ese sol prófugo, pero cuánto daría por irme de joda con él y escapar de otro ciclo de vorágine, de otro día tras día esperando la liberación, de cumplir con obligaciones caretas y encajetadas para una sociedad encajonada pero trabajadora, muy trabajadora, sobre todo los lunes.