Tortura amarilla

El fuego quema el sexo y todo es inquietud, impulso hacia baño, piernas apretadas, tensión hasta las muelas, fuego en el vientre, la panza que revienta, el globo lleno de fantasía. El líquido que genera mi cuerpo se convierte en veneno de alta calidad y me obliga a la interrupción permanente, al aislamiento, a la huida, a la demora, la incomodidad, al ahora vengo, al aguantá que voy al baño.

Lo peor: la pesadilla del sueño, que cuesta arrancar sin ganas de arrancarme la vejiga antes. Los nervios. Los putos nervios. Si ese es el criterio, soy una nerviosa incurable. No tengo sangre. Orina corre por mi cerebro. Desde las uñas de los pies hasta las raíces de los dientes, sólo pis. El inocente y endiablado pis.

No es el mate ni la cerveza ni el vino ni la gaseosa. No es la tristeza ni la indisposición. No es el trabajo ni el ocio. Es un cortocircuito en un cuerpo joven y dejado que carcome los días y retumba en mi cabeza crispada. Y meada mi cabeza. Meada.

Nadie se apiada de mí. Algunos se ríen y lo naturalizan. Les regalo mi tortura amarilla un rato y después me cuentan. No hay ni un doctor que entienda qué carajo es. Ya es un hobby visitarlos, siempre con esperanzas y con las mejores recomendaciones. En todos ellos confío, lo juro y, por supuesto, no alcanza. Su medicina: treinta recetas con medicamentos y análisis que no sirven ni develan nada. Sus diagnósticos: es crónico, no es, es una enfermedad mayor, no es, es un "mal hábito inconsciente", no es. Tomate esta pastilla y después me contás. Uh, no funcionó, qué macana. Cara de cosa grave pero no saben qué es. Que no aguante. Que si era de aguantar. Que si sufrí abusos. Que cuántas veces voy. Que puede curarse. Que me haga tal estudio. Que no es invasivo. Que sólo hombres con un cable en la concha. Que no tenés nada. Que es ginecológico. Que no. Que es nervioso. Que no.

Me levanto con la pelvis a punto de estallar. Presiona el pis guacho como si fuera lo único que tengo. Presiona como un hijo único a sus padres. Y casi es dolor tanta presión. Pero no duele en la panza. Duele en los dientes que se aprietan conteniendo y en el cerebro que no logra callar un ruido molesto. Y sale por fin el hijo de puta, sale con brillo, como el rey al final de un cuento, pero el cuento nunca se termina y el rey siempre se burla de mi atención.

Desayuno y Pis. Visto a la Carne De Mi Carne. Pis. Despierto a Él. Pis. Me arreglo, pis. Nos estamos por ir. Pis. Se suben al auto, pis. Llego al trabajo, saludo con las piernas fruncidas y me zambullo en el baño en el ritual del día. Pido la comida, hago pis mientras la espero, almuerzo. Pis después de comer. Un rato de compu y ya tengo ganas de vuelta, aguanto, hago mate, pis. Tomo mate, pis. Hablo, pis. Cocina de la oficina, pis. Trabajo y aguanto. Ya es la hora de irme: pis final. Agarro las cosas, pis de nuevo porque el viaje es largo. Llego a casa. Pis. Mate, pis. Juego, pis. La Carne De Mi Carne hace pis. Yo detrás de ella. Que a dormir. Esperá que hago pis. Pastillas para el pis. Que no hacen nada. Que dormimos, que me estalla la vejiga. Que Él quiere coger, que esperá que tengo ganas de hacer pis. Cogemos, nos limpiamos, pis. Pis. Pis. Pis. Me duermo. Me despierto tortuosamente incómoda. Pis. Tomo otras pastillas que no hacen nada. Pis, pis. Gotas de agonía. Tortura primitiva. Y al fin, por fin, me duermo. Sólo hasta el próximo fuego.